“Una ventana hacia la eternidad”

Según han demostrado los cronistas Francisco José Franco y Luis Miguel Pérez Adán, Karl Fricke llegó a Cartagena en 1916.

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Hay episodios de nuestra historia que a veces pasan desapercibidos, personajes que no se recuerdan, y sucesos que acaban por transformarse en leyendas urbanas. La historia que hemos representado en este cortometraje reúne todas esas condiciones, y se trata de la historia del Cónsul alemán en Cartagena, Heinrich Karl Fricke, en torno a principios de la década de los 40 del pasado siglo XX.

Según han demostrado los cronistas  Francisco José Franco y Luis Miguel Pérez Adán, Karl Fricke llegó a Cartagena en 1916 donde estableció no solo una importante y beneficiosa red de negocios, sino también de espionaje de la flota británica que en la ciudad fondeaba durante los años que duró la Gran Guerra. Al finalizar el conflicto, fue nombrado cónsul de la ciudad portuaria, alcanzando durante los años veinte una elevada fama entre la sociedad cartagenera por la prosperidad de sus negocios y su capacidad de relacionarse con los círculos intelectuales y elitistas de Cartagena. Desde el consulado, que estableció en el número 33 de la muralla del mar, nuestro protagonista continuó observando los movimientos del puerto en una labor que se incrementó primero durante los primeros meses de la Guerra Civil, hasta que fue detectado y expulsado del país, y después a su regreso en 1939. Estos años que siguieron al triunfo de los sublevados, supusieron la etapa de mayor poder de Karl Fricke en la economía local, y un momento de orgullo y expresión de su ideología nacionalista alemana.

Unos años antes, entre estos círculos burgueses con los que se había identificado, conoció y contrajo matrimonio con María Oliva, con la que tuvo un hijo al que bautizaron como Carlos. En sus primeros años, la pareja se entendía como un modelo para la sociedad cartagenera y estaría acostumbrada a recibir constantes y grandes visitas de amigos y conocidos, pero en realidad se trataba de dos personas completamente diferentes. Mientras ella era extrovertida y abierta, y había sido educada en ideas liberales burguesas, su esposo era firme, estricto y fiel a su moral nacionalista. A pesar de que ella aceptaba y se alejaba de los intereses políticos de su marido, el conflicto no tardaría en llegar, pues Karl Fricke educó a su hijo en el nazismo, y le inculcó los valores bélicos de la causa alemana. Sus ánimos, hicieron que el joven Carlos, de 19 años, se alistará en el ejército ante la amargura y resistencia de María, que desde la impotencia vio como su hijo marchaba al  frente ruso, donde fallecería en 1944.

Como decíamos al principio, la historia y la leyenda se fusionan, legándonos un relato que ha corrido como la pólvora entre los oídos de los cartageneros. Según se dice hoy en día, María Oliva nunca perdonó que su esposo enviara a su hijo a la muerte. Su corazón no quiso aceptar la pérdida, y se encerró en su casa donde pasó sus últimos días observando por la ventana el puerto a la espera de verle regresar. Cuentan que a través de las ventanas de la vivienda, situada en la planta superior del mismo edificio donde estaba el consulado, en algunas noches se puede ver la silueta de María Oliva aguardando a su desafortunado hijo.

Si paseáis cerca, fijaos bien en los cristales del antiguo edificio. Tal vez os llevéis una sorpresa.