Cartagena se movilizó por la República

¿ Por qué hablamos de represión incontrolada en Cartagena (1939-1945)?

Autora: María José Ciardella Pintado

Coautores: Pedro Jesús Cánovas Lorenzo e Isidro López Zapata

Una vez finalizó la guerra civil española, provocada por el ilegítimo golpe de Estado del general Franco, y la ciudad de Cartagena fue oficialmente ocupada, el régimen franquista ya contaba con la maquinaria necesaria para manejar el control social. Aquellos que no eran de agrado para el régimen les esperaba un final atroz. No podemos obviar el papel vertebrador del Ejército. El Ejército vencedor de la Guerra Civil desempeñaba una simultaneidad de funciones ideológicas y represivas. La victoria militar supuso la unidad del ejército, el ejército de Franco. El historiador Cardona analiza al Ejército de Franco como si de un gigante descalzo[1] se tratara, al convertirse en un Ejército del Caudillo, más que del país.

La ciudad de Cartagena al permanecer fiel a la República hasta el final de la contienda, sufrió uno de los periodos más violentos para la mayoría de sus ciudadanos en el siglo XX. El año 1939 marcaba el final del conflicto bélico, que fue bautizado por la dictadura como “Año de la Victoria”. El 31 de marzo de ese año entrarían a Cartagena donde comenzaría una durísima represión que pudo ejercerse sobre un crecido número de inocentes.

El 31 de marzo de 1939 las tropas de Franco ocupan Cartagena

La vida cotidiana se militarizó y se vio directamente fiscalizada por la Comandancia Militar además de los numerosos estados de excepción. Hasta 1948 se mantuvo el “estado de guerra””, lo que constituía una pieza fundamental de la legislación excepcional y, en 1947, la Ley de Bandidaje y Terrorismo legitima las medidas de represión para combatir «las más graves especies delictivas de toda situación de posguerra, secuela de la relajación de los vínculos morales y de la exaltación de los impulsos de crueldad y acometividad de gentes criminales e inadaptadas».[2]

 El objetivo del régimen era que perdurara el sistema a lo largo del tiempo y para ello era necesario una intensa labor coercitiva en el que distinguimos tres planos interconectados:

  • La Ley de Seguridad del Estado del 29 de marzo de 1941 cuya función era la de juzgar a los excombatientes republicanos.
  • La Ley de Responsabilidades Políticas del 9 de febrero de 1939 y Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo del 1 de marzo de 1940 cuya finalidad era que los acusados abonaran la reparación de los daños provocados por el desastre.
  • El 10 de febrero de 1939 la Ley de Depuración de los Funcionarios. Los funcionarios públicos tenían que demostrar su idoneidad al régimen ante Juzgado Militar Especial de Funcionaros Civiles como “obra de saneamiento para el bien de España”.

A estos tres planos habría que añadirle otro tipo de represión que fue el sistema de castigos infames y las denuncias públicas, la mayoría vecinos que denunciaban a sus propios vecinos como “cómplices” del sistema. Este sistema dio buenos resultados para el franquismo ya que fue una constante durante todo este tiempo. Las detenciones y los registros domiciliarios estuvieron presentes en la vida cotidiana de los cartageneros.  En 1940, 1.592 cartageneros eran censados como presos[3].

En verano de 1939, las prisiones estaban desbordadas pues, se juzgaba a todo aquel que hubiese estado ligado directa o indirectamente al gobierno republicano. Según estimaciones oficiales[4], entre marzo y diciembre de 1939 casi se triplicó la cifra  100.292. Se fueron creando campos de concentración y, de manera arbitraria muchos presos fueron fusilados, otros murieron a consecuencia de la tortura, de hambre y de enfermedades como la tuberculosis. En Cartagena se abre lo que se conoce como Parcela X, localizada en el Cementerio de Nuestra Señora de los Remedios, para acoger los primeros cuerpos que fueron fusilados desde el 29 de abril de 1939 hasta 1940. Allí yacen, en palabras de Egea Bruno, 51 luchadores por la libertad.[5]

La Iglesia, además del Ejército, fue otro de los pilares fundamentales del franquismo cuyo objetivo común era el control de la sociedad civil. El nuevo régimen obligará a una nueva moralidad en la que se exaltaba los valores del nacionalcatolicismo, que lo entendemos como una ideología conservadora donde España y la Iglesia Católica debían de estar unidas. Se prohibía la inscripción de nombres no que estuviesen en el Santoral Romano para los católicos, la celebración de Santa Claus y el Árbol de Navidad, la blasfemia…En Cartagena, no es baladí que, Augusto Chereguini y Buitrago, comandante militar de Marina, prohibiese el baño en el puerto y el uso de bañadores de medio cuerpo así como el tránsito por las playas sin albornoz. Y, en 1942, el cambio del nombre de las calles por parte de la Jefatura Local de la Falange supuso que la plaza del Ayuntamiento se denominaría del Caudillo de Franco y desaparecieran las placas de las calles con aquellos nombres de políticos de izquierda.

La única oposición activa que tuvo lugar en Cartagena, en este periodo, fue la ejercida por el Partido Comunista. En marzo de 1939 sus dirigentes locales deciden crear un partido en la clandestinidad y muchos de ellos se vieron forzados al exilio. Alfonso Martínez Peña, el único dirigente que quedó en la ciudad, ingresó en la Falange para poder ayudar a sus compañeros extrayendo sus fichas del archivo. Sin embargo, en agosto de 1939, su esfuerzo fue en vano ya que el Gobierno Militar comunica la detención, juicio y ejecución de todos ellos. Tendremos que esperar tres años para que se produzcan sucesos de este calibre pero, sin llegar a cuajar pues el miedo y la desconfianza envolvía el ambiente de posguerra. De manera que los contactos entre los militantes eran a nivel personal en tabernas de la ciudad. No fue hasta 1944 cuando se tuvo contacto con el comité provincial y tuvieran una reunión para formar el primer comité comarcal[6].

El comité se organizó atendiendo a su seguridad tomando exhaustivas medidas para que no levantar ningún tipo de sospechas. Algunas de las reuniones fueron en el domicilio de Alfonso Martínez Peña. No obstante, bajo este panorama de sospecha, el jefe local de la Falange de San Antón denunció al doble militante y la Policía gubernativa registró su domicilio encontrando material comprometedor. La consecuencia de este hecho fue la paliza que recibió el dirigente pero, la célula no se desarticuló en este momento. Fue por causa de una confusión de Alfonso Martínez Peña al advertir a un policía de la necesidad de mantener en secreto la célula.

En estas circunstancias, la policía pasó el caso a las autoridades militares. Los detenidos, que eran personas más o menos comprometidas, fueron sometidos a intensos interrogatorios y torturados tanto física como psicológicamente. El 9 de diciembre de 1944 se reunió el Consejo de Guerra y se les acusó a los arrestados de las reuniones clandestinas en el domicilio de Alfonso Martínez Peña por difundir propaganda de la Unión Nacional en contra de los valores de la dictadura y poseer armas con el objetivo de realizar una rebelión militar. La sentencia solicitada fue la pena de muerte para Alfonso Martínez Peña. Se conoció su actitud hipócrita debido a su adhesión a la Causa Nacional obteniendo cargos privilegiados en la Falange para beneficiarse de conocimientos que le permitieran condiciones ventajosas. Finalmente, fue ejecutado el 12 de enero de 1945 cuyas últimas palabras escuchadas por sus compañeros de celda fueron: “Si alguna vez ves a mi hija dale un beso de parte de su padre”.

En conclusión, la vida pública quedó impregnada por el caudillaje militar. Franco y su Ejército gobernaron el país como si de un gran campamento militar se tratara, donde los delitos políticos eran considerados como alteradores de la seguridad del Estado y, en consecuencia, juzgados por los tribunales militares. La apariencia legal de las políticas y la justificación de los actos represivos fueron una obsesión permanente del régimen franquista.

BIBLIOGRAFÍA

CARDONA, G. (2012). El gigante descalzo: el ejército de Franco. Madrid. Aguilar.

EGEA BRUNO, P.M. (1989). La represión al término de la Guerra Civil. El modelo de Cartagena. In Anales de Historia Contemporánea (Vol. 7, pp. 155-168).

EGEA BRUNO, P.M. (2011). La represión franquista en Cartagena (1939-1945). Murcia, Novograf.

EGEA BRUNO, P.M. (2016). Vencedores y vencidos: la represión franquista sobre la quinta columna. El proceso de Arturo Espa. Revista Murciana de Antropología, (23), 17-46.

GIL PECHARROMÁN, J. (2008). Con permiso de la autoridad. La España de Franco (1939 -1975). Madrid, Temas Hoy.

NICOLÁS MARÍN, M. E. (2005). La libertad encadenada: España en la dictadura franquista 1939-1975. Madrid. Alianza Editorial.

PRADA RODRIGUEZ, J. (2010). La España masacrada. La represión franquista de guerra y posguerra. Madrid: Alianza editorial.

[1] CARDONA, G. (2012). El gigante descalzo: el ejército de Franco. Madrid. Aguilar, pp.13-16.

[2] GIL PECHARROMÁN, J. (2008). Con permiso de la autoridad. La España de Franco (1939 -1975). Madrid, Temas Hoy, pp. 88-90.

[3] DGE: Censo de la población de España según la inscripción de 31 de diciembre de 1940. Porvincias de Logroño a Murcia. Madrid (s.a.), pp. 67 y 71.

[4] Estadísticas básicas de España 1900- 1970, Madrid, Confederación Española de Cajas de Ahorros, 1975, p. 446.

[5] EGEA BRUNO, P.M. (2011). La represión franquista en Cartagena (1939-1945). Murcia, Memoria Histórica de Cartagena, p.12.

[6] EGEA BRUNO, P.M. (2011).  Op., Cit. pp. 83-92.

 

María José Ciardella
María José Ciardella es Graduada de Historia por la Universidad de Murcia y estudiante del Máster Universitario de Formación del profesorado en la Universidad de Murcia. Procedente de la pedanía murciana de Sangonera la Verde, es amante de la Historia de la Región. En sus ratos libres, adora la literatura, el deporte y explorar nuevos lugares.